Download pdf minima moralia
Lo normal es la muerte. Las operaciones no cesan hasta que deja de crecer la hierba. Los que expresan sus pensamientos en la forma del enjuiciamiento libre, distanciado e ininteresado son los que no han sido capaces de asumir de esa misma forma la experiencia de la violencia, lo que resta validez a tales pensamientos.
Y de hecho lo es. Donde mayor es la claridad, domina secretamente lo fecal. Los versos que dicen: «La miseria queda como antes era. En el fondo de la salud imperante se halla la muerte.
La verdad es entregada a la relatividad, y los hombres al poder. Tal es el esquema de la imperturbada capacidad de goce. Pero esto remite al proceso real de la vida en la sociedad. El yo, su idea rectora y su objeto a priori, ha aparecido siempre bajo su mirada como algo a la vez no existente. El que ayuda porque sabe, se convierte en el que rebaja al otro desde el privilegio de su sapiencia.
Expropia al individuo al concederle su clase de felicidad. De ese modo pierden los conflictos su aspecto amenazador. Son aceptados; pero en modo alguno dominados, sino encajados en la superficie de la vida normada como elementos inevitables de la misma.
Junto con la angustia que producen se desvanece igualmente el placer que pueden producir. El Munich anterior a la Primera Guerra Mundial fue un foco de aquella espiritualidad cuya protesta contra el racionalismo de las escuelas y cuyo culto a las fiestas de disfraces[8] desembocaron con mas rapidez si cabe en el fascismo que el feble sistema del viejo Rickert.
De juicio verdadero pasa a ser materia neutral. Hay criterios que para lo primero son suficientes. Los conceptos de lo subjetivo y lo objetivo se han invertido por completo.
Esto es doblemente cierto en la era del positivismo y de la industria cultural, cuya objetividad viene calculada por los sujetos que la organizan. Lo que hace es definir su aislamiento como producto de lo general. El sense of proportions se concreta en el deber de pensar en proporciones mensurables y ordenaciones de magnitud que sean firmes.
La defensa de lo ingenuo por parte de todo tipo de irracionalistas y devoradores de intelectuales es indigna. Hoy no se le pide al pensador sino que sepa estar en todo momento en las cosas y fuera de las cosas. En la medida en que es esto verdad no admiten el ser comparadas. Al tomarlo en su parcialidad como lo que es, esta su parcialidad es concebida y aceptada como su esencia. La injusticia es el medio de la efectiva justicia. A esto se suele oponer la sacralidad de lo viviente, que se refleja hasta en lo mas feo y deforme.
Esa enfermedad curativa es lo bello. Lo bello pone freno a la vida, y, de ese modo, a su colapso. Pero tal criterio esta hermanado con el mito igual que el tiempo abstracto mismo.
Porque el valor de un pensamiento se mide por su distancia de la continuidad de lo conocido. Pero por encima de todo esto, la exigencia de honradez intelectual carece ella misma de honradez. El conocimiento se da antes bien en un entramado de prejuicios, intuiciones, inervaciones, autocorrecciones, anticipaciones y exageraciones; en suma, en la experiencia intensa y fundada, mas en modo alguno transparente en todas sus direcciones.
Rompe la promesa que pone en la forma misma del juicio. Bradley 51 Tras el espejo. Nunca se ha de ser mezquino con las tachaduras. La gran prosa francesa del siglo XIX era en esto particularmente susceptible. La carga afectiva del texto y la vanidad tienden a minimizar todo reparo. Si consigue decir lo que piensa, en ello hay ya belleza. Hacia ellos acuden todos los materiales. Cuando el pensamiento ha abierto un compartimiento de la realidad, debe penetrar sin violencia del sujeto en el contiguo.
El escritor se organiza en su texto como lo hace en su propia casa. Los acaricia con delicadeza, se sirve de ellos, los revuelve, los cambia de sitio, los deshace. Quien ya no tiene ninguna patria, halla en el escribir su lugar de residencia. Con ojos anhelosos contempla el rey rana, un snob incurable, a la princesa, y no puede renunciar a la esperanza de que lo libere.
La verbosidad y la sentenciosidad alemanas son imitaciones de los franceses, pero practicadas en la mesa de tertulias. Pretender deducir el mundo en palabras a partir de un principio es la forma de comportamiento propia del que quiere usurpar el poder en lugar de oponerle resistencia. Es la proximidad de la distancia. Delata la frigidez arcaica, el temor del animal hembra al apareamiento, que no le produce sino dolor.
A Friederich el furioso le hace tomar el doctor Stockmann, el enemigo del pueblo, que para aleccionarle le da al perro su salchicha, la amarga pero curativa medicina. Tal ocurre con el tema de la mujer. En la gran empresa siguen siendo lo que fueron en la familia: objetos.
Lo anticuado no resulta de la mera distancia temporal, sino del juicio de la historia. Lo consumado puede olvidarse y a la vez conservarse en el presente. No en vano se llaman «modernas» las mujeres de lbsen. El odio a lo moderno y el odio a lo anticuado son lo mismo. Al separar el principio moral del principio social y trasladarlo a la conciencia privada, lo limita en un doble sentido.
Lo bello, que cual idea fija domina a Hedda, se halla enfrentado a la moral ya antes de ridiculizarla. De este modo reclama la igualdad de todo lo que no es libre. De esta suerte lo bello representa lo injusto frente a lo justo, y sin embargo lo hace justamente. Aquella especie de feminidad basada en el instinto constituye en todos los casos el ideal por el que cada mujer debe violentamente —con violencia masculina— esforzarse: las mujercitas resultan ser hombrecitos.
Su integridad y pureza es justamente obra del yo, de la censura, del intelecto, y es por eso por lo que la mujer se adapta con tan pocos conflictos al principio de realidad del orden racional. Aquel que ni ve ni tiene nada que amar acaba amando los muros de piedra y las ventanas enrejadas. Sans lui, nous en douterions». El ocio, y aun el orgullo y la arrogancia, han prestado al lenguaje del estrato superior algo de independencia y autodisciplina.
El lenguaje proletario obedece al dictado del hambre. El pobre mastica las palabras para saciarse con ellas. Que todos los hombres sean iguales es precisamente lo que mejor se ajusta a ella. Tranquila, imperturbable sigue la nave su rumbo cuando, de repente, se precipita en picado.
Su posibilidad queda ya establecida desde el momento en que el ojo de un animal mortalmente herido da con el hombre. En la sociedad represiva, el propio concepto del hombre es una parodia de la semejanza humana.
Necesariamente hubo de sonar para los alemanes la hora de esa estupidez. Esto se puede percibir en la estrategia. Spengler esperaba de la decadencia de Occidente la edad de oro de los ingenieros.
Se ha llegado al punto en que la mentira suena como verdad, y la verdad como mentira. Las mentiras tienen las piernas largas: se adelantan al tiempo.
Pero los codos que les quedan fuera los tienen preparados para empujar a cualquiera que se interponga en su camino. Toda obra de arte es un delito rebajado.
Expresa el doble sentido de la palabra latina gratia: gracia y gratuidad. Su esencia Wesen es la deformidad Unwesen ; pero su apariencia, la mentira, es, en virtud de su persistencia, el asiento de la verdad.
El elemento negativo del pensamiento es mal visto cuando se sale de las fronteras de clase. El optimismo vocinglero es propio del patriotismo internacional. Los primeros tienen prisa. Paso a paso, y siempre con argumentos irrebatibles, los medios aniquilan el fin. Nadie puede ya leer en su rostro lo que le apetece, dado que el camarero ya no conoce los platos, y si se le ocurre recomendar alguna cosa debe cargar con los reproches de haberse excedido en sus competencias.
La abundancia de las cosas consumidas indiscriminadamente se vuelve funesta. De ese modo, el lujo queda socavado. Sus residuos, incluidos objetos de la mayor calidad, ya parecen morralla. Al final es absorbido por la servidumbre o conservado en una caricatura.
El buen final nada borra de esta imagen. El hecho de que propiamente ya no sea posible ver, lleva al sacrificio del intelecto. Se juzga sobre el orden de las prioridades. Pero al despojar al pensamiento del momento de la espontaneidad, su necesidad queda cancelada. Su diferencia con los hechos la convierte en simple falsedad, y el momento de juego en lujo en un mundo ante el cual las funciones intelectuales han de dar cuenta de cada minuto en su reloj registrador.
A psicologia repete nas qualidades o que aconteceu com a propriedade. O conceito repulsivo de acepipe espiritual, excogitado pelos pedantes, acaba por obter, entre os seus opositores, o seu vergonhoso direito.
Os conceitos do subjectivo e objectivo inverteram-se por completo. Toda a obra de arte aspira a tal ocaso, ao querer levar a morte a todas as outras. O culto da vida em si leva sempre ao culto daqueles poderes. Motivo de sobra para o transformar em posse e, em virtude da sua rigidez, numa posse funcional capaz de se trocar por outra equivalente.
Uma vez convertida em posse, o ser amado deixa de se ver. Ostentam o singular como o verdadeiro complemento daquela mediania em que Simmel, erradamente, via o segredo de Goethe. Nunca ser mesquinho com as riscaduras. De outro modo, torna-se suspeito de pobreza. Absorvem em si tudo quanto ali vive. A eles acodem todos os materiais. O escritor organiza-se no seu texto como em sua casa.
Schiller, An die Freude, Continuam, pois, a estar na ordem do dia. O consumado pode esquecer-se e, ao mesmo tempo, conservar-se no presente. A sua culpa reside na familiaridade. Ofende o que de melhor tem a fazer, porque no melhor se reconhece o agravo do bom. Caiu no engano de dizer "a mulher", quando falava das mulheres. Que horrendo paganismo! Sans lui, nous en douterions. A serenidade converte--se na mesma mentira em que, de qualquer modo, incorre a pressa da imediatidade.
Isso consome os centros de energia do intelectual. O rigor e a pureza da textura verbal, inclusive na extrema simplicidade, criam antes um vazio. O pobre mastiga as palavras para com elas se saciar. Vinga-se, por isso, na linguagem. Perante isto, de pouco serviria querer proclamar como ideal a igualdade de tudo o que tem rosto humano, em vez de a supor como um facto. O melting pot foi um arranjo do capitalismo industrial desenfreado. Isto diz tanto do crime em si como dos que o presenciam.
Chegou-se ao ponto em que a mentira soa como verdade, e a verdade como mentira. Por isso, os sonhos mais belos parecem estropiados. Mas nada nela mudou, desde que a deixara. Todavia, quanto mais se esvai a expectativa racional de que o destino da sociedade tome realmente outro rumo, com tanto maior fervor repetem os velhos termos de massa, solidariedade, partido, luta de classes.
O leal deve decidir-se por um povo, seja ele qual for. Como os clientes da sociedade de massas desejam estar imediatamente em dia, nada podem deixar escapar.
Deve antes permitir aos endinheirados, segundo a teoria de Veblen, demonstrar a si mesmos e aos outros o seu status, em vez de satisfazer as suas cada vez mais indiferenciadas necessidades. A ideia arreigada do belo exige que ao mesmo tempo se afirme e se recuse a felicidade. O final feliz nada disso apaga.
Opina-se sobre a ordem das prioridades. Isso dissolveria a verdade e denunciaria ainda mais o pensamento. A substituibilidade submete as ideias ao mesmo processo que a troca as coisas. Esta tolera-se cada vez menos. It will be especially valuable for senior undergraduate and graduate courses in contemporary political, social, and cultural theory.
This book considers how 'affect', the experience of feeling or emotion, has developed as a critical concept within literary studies in different periods and through a range of approaches. Stretching from the classical to the contemporary, the first section of the book, 'Origins', considers the importance of particular areas of philosophy, theory, and criticism that have been important for conceptualizing affect and its relation to literature.
Includes ancient Greek and Roman philosophy, eighteenth-century aesthetics, Marxist theory, psychoanalysis, queer theory, and postcolonial theory. The chapters of the second section, 'Developments', correspond to those of the previous section and build on their insights through readings of particular texts. The final 'Applications' section is focused on contemporary and future lines of enquiry, and revolves around a particular set of concerns: media and communications, capitalism, and an environment of affective relations that extend to ecology, social crisis, and war.
This book provides the first account in any language of the ethical theory latent in Adorno's writings. According to postmodern scholars, subjects are defined only through their relationship to institutions and social norms. But if we are only political people insofar as we are subjects of existing power relations, there is little hope of political transformation. To instigate change, we need to draw on collective power, but appealing to a particular type of subject, whether "working class," "black," or "women," will always be exclusionary.
This issue is a particular problem for feminist scholars, who are frequently criticized for assuming that they can make broad claims for all women, while failing to acknowledge their own exclusive and powerful position mostly white, Western, and bourgeois. Recent work in political and feminist thought has suggested that we can get around these paradoxes by wishing away the idea of political subjects entirely or else thinking of political identities as constantly shifting.
In this book, Claudia Leeb argues that these are both failed ideas. If he had sounded distraught by this conclusion, as if it were a bleak prospect, it would be a different kind of statement.
Instead, it now seems to be something readers are simply encouraged to confront in some sort of an honest manner: The realm of the spirit world is not substantial; there is no such thing as a spirit. Nevertheless, Hegel himself, according to Adorno, is logically at fault for such perversions in popular culture.
In his later book Negative Dialectics , Adorno frequently follows Marx in critiquing Hegel for betraying his own clarion call that philosophy needs to be immersed in detail. It becomes easy to imagine how elements of popular culture, e. Adorno is wary about this Weltgeist :. In the concept of the world spirit, the principle of divine omnipotence was secularized into the principle that posits unity, and the world plan was secularized into the relentlessness of what happens.
The world spirit is worshipped like the deity, a deity divested of its personality and of all its attributes of providence and grace In his concept of Weltgeist , Hegel was trying to provide a unity between the abstract and the real, the universal and the particular.
Hegel, in other words, capitulates to devastation when concocting a Weltgeist. Given this binary impasse between atheism and anatheism, Adorno would veer over to the camp of atheism though Christopher Brittain makes intriguing counter-arguments in his Adorno and Theology. And yet, why would it be necessary, in an essay attacking occultism, to end with this type of blunt declaration that no spirit exists? Have not enough other people said something like it, though more verbose, both in earlier and later years?
There are probably many ways to say that no spirit exists. Centuries of debate about the spirit of transubstantiation are thereby annulled; the spirit of Christ, or the Holy Spirit, was not present in the elements at all.
My emphasis. So perhaps they were still both concerned about spirits, but in different ways, one more keen and one more leery. The theologians who had talked the most about spirits arguably lost their credibility long before Adorno came on the scene to utter his three-word dismissal, even if they did not become as vociferous in their apologetics as the countering atheist movement of today.
The people find that they have been deceived by their religious teachers — deceived about the sky, about the earth, and their own origin — and they imbibe a suspicion of those teachers.
An atmosphere of suspicion settles around every church and priest. There are, to be sure, still thinkers who go to great lengths to articulate positions that circumvent this Adornoesque blockade.
For this reason, the conversation about anatheism is relevant in this essay. But what could such a statement, apparently drawing spirits into everyday life, actually mean? It is hard to imagine an explication of that sentence; instead, the substance of the sentence evaporates into the aether, quite beyond the realm of elucidation.
Again, what could actually be the meaning of such a sentence? What is the actual referent of going into reality instead of out of it? And how can there be two different types of heaven, one belonging to God and another one accessible to astronauts? Immanent transcendence, and a heaven beyond astronauts, for many readers, will sound like mere word games. Such phrases evoke the concept of a spirit without actually revealing the spirit. Adorno clears the deck for all his readers by simply declaring, apparently without hesitation, that there are no spirits.
Adorno, in this comparable Schopenhauerian trajectory, is emphasizing that the concept of a spirit is as empty of meaning as a superfluous synonym; the term does not actually add anything to human conversation. Schopenhauer favored, instead, an omnipresent and impervious Weltwille , a pessimistic version of fateful reality that would have more in common with the eventual prominence of Darwinism.
Anatheism could be criticized for putting new wine into old wineskins. But as Jesus might then respond: Why would people engage in such activity? The wine, according to Jesus, will burst the bag Mark 2: Why do theologians try to rejuvenate god concepts? Why not use completely other concepts?
No spirit exists. The skepticism might backfire on him, as this article will also reflect momentarily. But the Adornoesque desire to honor the exactitude is there, because anything less would endorse continued oppression by those who monopolize power within the realm of the alleged spirits. Even the occultists quietly pay tribute to the sway of the rulers in the dominion. In his rigorous pursuit of the essence of religion, or at least its ultimate origin, Durkheim eventually concludes in his The Elementary Forms of the Religious Life that it is facile to dismiss religion without grasping the source of its strength.
That source, he argues, is the spirit of society. Adorno rightly notices a thematic continuity between Hegel and Durkheim, but with the Durkheimian twist. More importantly, for Durkheim the sociologist, unlike Adorno the philosopher, it would probably not be helpful to focus on an abstract insistence that no spirit exists.
But why would worship and superstition persist then? Granted, then, that no spirit exists; scholars can surely avoid the specificity of the claims inherent in the doctrines of various believers. But that would be a vacuous refutation, according to Durkheim. The reality that lies behind the spirit or gives birth to the spirit is what requests articulation by the theoretician.
For Durkheim, that would differ from, and likely have more traction than, any Hegelian Weltgeist. Negative Dialectics thus ultimately becomes a massively insightful book but one that is also full of contorted despair, unhelpful cynicism, desperate self-immolation, the self-destruction of Reason.
The overall effect of Negative Dialectics on the careful reader is even more paralyzing than the Dialectic of Enlightenment which Adorno co-authored with Max Horkheimer. According to books like Negative Dialectics and The Dialectic of Enlightenment , there are very few solutions, but numerous catastrophes. Marxism becomes shy in this neo-Marxist silhouette, having seen how calamitous utopian solutions became when distorted by the leaders of the proletariat and the traitorous philosophies of the bourgeoisie, but it still insists, like Marx, on seeing religion as the opium of the masses.
European history discounts such ontologies, and this has certainly influenced the way Westerners frame these dialogues about spirit. Adorno, too, is thus clearly a European. And yet people are Homo sapiens more primordially than they are ever Westerners or Africans, for there is only one human species. But which is the more true?